lunes, 15 de octubre de 2012

De Cine


Mis primeros recuerdos relacionados con el cine se funden y entremezclan en mi marchita memoria. Me gustaría poder asegurar q la primera vez q vi una película en un cine fue en el desaparecido Fémina de Passeig de Gràcia. Me acompañaban mi madre y mi amigo, q era también mi vecino –vivía en mi misma escalera, en el piso de abajo, en la Calle Alcalde de Móstoles- y mi compañero de clase. Tendríamos seis o siete años. Una amistad q se perdió, como la mayoría de mis recuerdos de aquellos años. Se trataría entonces de Fantasía de los estudios Disney. No fue una experiencia grata: el largometraje me resultó, en exceso, eso: largo. Aún hoy me resulta una película fastidiosamente interminable y mis oídos cuarentones de madera carcomida siguen empecinados en no dejarme disfrutar de la música clásica, por lo q sigo siendo el clásico inadaptado al género.
De aquella tarde soleada, seguramente otoñal, queda poco más q la sonrisa malintencionada, apesadumbrada, burlona, decepcionada y lastimera q de tanto en tanto me dedicaba mi madre cada vez q me debatía yo en mi butaca, a pesar de las sombras visiblemente aburrido e incapaz de mantenerme quieto en la misma. En uno de mis espasmos de hastío llegué a levantarme, quizás para colocarme bien mi ropa interior debajo del pantalón –corto por más señas- allí donde la espalda pierde su nombre, y al volver a sentarme no me percaté de q la butaca era plegable, por lo q me senté poco elegantemente en el suelo perdiendo no sólo la escasa dignidad q pueda tener un niño obligado a vestir calzones y calcetines hasta la rodilla sino también mis palomitas, q volaron, poco gráciles, hasta aterrizar casi de inmediato posándose sin decoro sobre todo aquel q estuviera lo bastante cerca. Si La consagración de la primavera ocultó lo aparatoso y ridículo de mi caída, Stravinsky no resultó tan magnánimo con las sonoras risotadas de mis acompañantes. Ni la oscuridad de la sala con la vergüenza sonrosada q afloraba en mis mejillas.
En una galaxia lejana, muy lejana, cohabitan El pequeño lord y Annie. Si de la de Lucas puedo decir q conservo partes íntegras de sus diálogos, debido sin duda a q la he visto más veces q años han transcurrido desde su estreno, de las otras no podría ni atreverme a esbozar, siquiera timidamente, su argumento. Quizás sólo, con fingido convencimiento y quebrantable fe, acertaría a decir q tanto Annie como el lord son huérfanos y q alguna de ellas, si no ambas, son musicales. Tal vez fuimos al ABC, al Waldorf o al Fantasio, pero siempre, siempre me acompañaba mi madre.
La cosa se tuerce cuando dejó de hacerlo. Las experiencias se tornan más vívidas cuanto peor recuerdo se tiene de las mismas. Sin duda antes de ello hay un sinfín de películas q han caído, o están a punto de hacerlo, en el olvido (en mi particular olvido): películas de animación como Peter Pan o la Dama y el vagabundo, de aventuras como En busca del arca perdida o de difícil calificación como Quien tiene un amigo tiene un tesoro.  Pero llega un momento en la vida de todo niño en q se tiene la certeza, en mi caso errónea, de q ha dejado atrás esa niñez q tanto – y tanto tiempo- ha de añorar después. Tal fue mi caso. Y así llegó el día en q, dejándome arrastrar por mis primos (cuatro y siete años mayores), me encontré, por fortuna asido –por primera vez ante la taquilla de un cine- de la mano de mi progenitor, q era quién nos acompañaba en esta ocasión: una salida exclusivamente para hombres; pidiendo tan educadamente como orgulloso cuatro entradas de platea para Poltergeist a la taquillera del Coliseum.

Aún hoy despierto a media noche viendo como un árbol terrorífico hace añicos los cristales de esa habitación del niño q aún soy, como sus ramas me asen de una pierna tratando de arrancarme de mis arrugadas sábanas y como mis pavorosos gritos se ahogan formando un diminuto reguero de saliva en mi almohada. Cuando despierto, espantado y sudoroso, aún puedo sentir la confortable y protectora calidez de la mano de mi padre sacándome del cine entre filas de butacas interminables mientras mis pies apenas rozan la moqueta del pasillo. Luego un simpático mexicano vestido con uniforme naranja, escoba en ristre, disipa todos mis miedos. ¡Bienvenidas sean las multisalas! ¿O tal vez anduvimos la escasa distancia q nos separaba del cercano Club Coliseum?
Las burlas y chanzas de mis primos -de camino al parking a buscar el 131 Supermirafiori de mi padre, ellos ufanos de su valor al sobrevivir a una casa encantada edificada sobre un viejo cementerio indio (o algo así), yo soñando con labrarme un digno futuro como Don Napo, protagonista de El barrendero, siempre dispuesto a ayudar a sus congéneres en una urbe idílica (¡bendita inocencia¡) como, pongamos por caso, Ciudad de México- mutilaron los recuerdos de mis aún recientes miedos.
Con todo, cabe decir q, después de aquel día, mis salidas al cine se hicieron más espaciadas y mucho más selectivas: escogí tanto a mis acompañantes como la sala, y con mucho más esmero y tacto la película en sí y sobre todo el género.
Al Coliseum volví años más tarde. Me acompañaban otra vez mi primo (el q en Poltergeist -y todavía ahora- me sacaba cuatro años) y su novia de entonces (q es su mujer ahora). Acudimos a ver Flashdance. La película me gustó casi más q Alejandra. Gracias a ella -a aquella chica maliciosa q se sentó entre ambos en el cine y a la q ahora tildaría como mi particular “prima de riesgo”- mis profesores consiguieron por fin q venciera mi animadversión a los diccionarios. Salíamos comentando no recuerdo q escena –si lo recuerdo o no es cosa mía- cuando ella me preguntó si durante la misma había tenido una erección. No supe q contestarle. Ellos se rieron un buen rato sin q yo comprendiera porqué hasta q se cansaron de mí y se entregaron a  besarse apasionadamente mientras esperábamos el autobús. Así q al llegar a casa busqué la palabreja en el diccionario.
Crecí menos de lo deseado y esperado por mis padres pero bastante más deprisa de lo q me hubiera gustado a mí. Pasaron muchos años, muchos más,  antes de q volviera al cine a ver una película de terror. Para entonces ya me hallaba felizmente casado, había cambiado de ciudad, tenía mis buenos treinta años y unos sobrinos políticos q habían quedado temporalmente a nuestro cargo. Tenían once y catorce años.  Mi mujer y yo tuvimos la ocurrencia de llevarlos una tarde al cine y, como no podía ser de otra manera, les dejamos escoger película. Eligieron Los otros.
Mis muchos intentos por disuadirlos fueron del todo en vano. Para cuando salimos de casa mi mujer ya los había amenizado con todas las anécdotas q mis miedos vergonzantes habían creado durante mi escasamente terrorífica –al menos cinéfilamente- existencia. Nos dirigimos al cine paseando: era una apacible tarde de verano. Compré las entradas y con la sala aún plenamente iluminada buscamos nuestras butacas. Durante la larga y tensa espera (siempre he pecado de un exasperante exceso-por defecto, en el sentido estricto- de puntualidad) traté de serenar mi creciente nerviosismo tarareando algo q bien podría ser La primavera de Vivaldi y parecerse en mis labios a la estridente La consagración de la primavera de Stravinsky. En cualquier caso yo me encontraba alienado en una fantasía fantasmagórica y aterradora q no hacía sino acrecentar mi desazón. Para cuando se apagaron las luces y empezaron los trailers ya no pude contener las ganas de dirigirme al lavabo.


Cuando me levanté no me pasó por alto la burlona mueca q me dedicó mi mujer. Me disculpé para con mis vecinos mientras trataba de no pisarlos de espaldas a la gran pantalla. Al empezar a desandar el empinado pasillo de la platea hacia la salida me pareció q alguno de mis sobrinos socarronamente soltó un “ese ya no vuelve”. Torcí a la derecha por el amplio hall donde la mezcla del dulce y el salado de las diferentes palomitas acabaron de revolverme el estómago. Subí unas escaleras y volví a torcer a la derecha para, al fin, encontrarme en los excusados. Abrí un par de puertas antes de encontrar una taza q se ajustara a mi concepto de salubridad. Tuve q bajarme los pantalones y sentarme antes de poder cerrar la puerta, cosa q hice con extrema brusquedad y sintiendo ya una gota de frío sudor q me descendía por la espalda hasta la rabadilla y se colaba lentamente entre mis nalgas. Me alivié tan repentinamente y con tanto estruendo como cerré la puerta. Sólo entonces vi q el pomo de la misma yacía en el suelo en un leve balanceo apenas perceptible. Se detuvo. Y quedó inmóvil. Y quedé inmóvil, con los pantalones por los tobillos contemplando absurdamente aquella pieza redondeada y cobriza. Me giré bruscamente sabedor de q no encontraría el necesario y deseado papel. Me equivoqué. Sólo a medias: efectivamente, me hallaba encerrado en aquel hediondo y diminuto retrete.
Transcurrió algo más de una hora antes de q el acomodador entrara en el lavabo y oyera por fin mis gritos de auxilio. Aún pasaron unos cuantos minutos más antes de q, ayudado por otros empleados de la sala, consiguieran abrir la puerta y sacarme de allí. Acepté sus disculpas pero no consentí en q me abonaran el precio de la entrada. Cuando conseguí por fin librarme de todo el personal q se interesaba por mí y me presentaba sus disculpas me encontré a media escalera enfrentado a las miradas jocosas y recriminatorias a partes iguales de mi mujer y de sus sobrinos.
Aún hoy no he conseguido convencerlos, ni a ellos ni a nadie q conozca mi aversión al cine de terror, de q la rotura del pomo no fue un acto intencionado.
Tampoco he visto aún Los otros.

                                                                                               A Marc Ambit.

martes, 29 de mayo de 2012

CIERRA EL BAR ESPAÑA




Entonces el beodo le dice al ciego: - Acompáñame al lavabo q no me veo.
-Claro, eso puedes solucionarlo allí: delante de un espejo.

            El camarero con falsa indiferencia, secando un vaso con su balleta, los ve desfilar  ante su barra, el ciego sosteniendo por el codo al beodo.
- Reme, cuando salgan, friega los servicios y echa la llave.

Vuelven riendo, perdido el rictus de apuro detrás de la puerta q queda entreabierta al salir. El beodo alza la mano mostrando el signo de la victoria con el corazón y el índice mientras se acerca trastabillando a su taburete. El camarero  llena dos vasos a regañadientes mientras la Reme, encaminándose al excusado,  piensa: “Ojalá hayan acertado”.
El ciego duda pero, con esa capacidad adquirida con los otros sentidos, descubre q aún suena la música y, sin un  hálito de duda, ase su copa, la apura, mastica el hielo, escupe algunos trozos en el vaso vacío y saluda con fervor su reemplazo derramándose por barbilla y cuello parte del contenido. Sólo entonces se sienta y exclama: - ¡Joder Simó, esto no es Habana siete!
-Siete son las q ya me debes mamón. Acábate ésa y pa casa los dos. A ésta  invito yo, pero luego aire.

Y girando sobre sí mismo, desaparece por la puerta de la cocina/almacén: es hora de rellenar neveras.

Tres jovenes con apariencia de menores pero sin atisbos de inocencia  -dos chicos y una chica-, en una mesa junto al ventanal esquinero, comentan con sorna la espantá de Doña Esperanza Aguirre de la Final de Copa de SSMM el Rey.
-Eso en otros tiempos no pasaba – les espeta el beodo sosteniéndose en su vaso-, y os lo digo yo q perdí la juventud en Miranda de Ebro. Tanta libertad, tanto pito, y así nos luce. Mierda de país, coño. Ni educación ni respeto ni ná. Eso es lo q hay. Ná.


            Los chicos, algo ajenos,  lo miran un instante sin acertar a comprender sus palabras y sin q parezca importarles lo más mínimo el significado de las mismas. Ella, de espaladas al beodo, sigue a lo suyo:  -Entonces, ¿vas a pillar?
-Sí, ahora me acerco a donde el Francés.
-¿Pagado o fiado?
- ¡Chocolate ahora cuando abra el churrero! – les grita con sorna el ciego.
- Pa kifi del.bueno el q trincábamos en Villa Sanjurjo, ¿eh, Lupas?

Pero el ciego, q ha encendido un cigarrillo y exhala con dificultad la primera bocanada, escondiendo su expresión de asco y disgusto tras sus gafas ahumadas, se pierde en silenciosos improperios hacia Simó sin tener la absoluta  certeza de q éste le haya cambiado a propósito su paquete de rubios Nobel por los q él fuma: negros Coronas; o si simplemente, piensa maldiciéndose,  se deba a un torpe error suyo dada su condición. Enfurecido, tira el cigarrillo al suelo y pisa con rabia la baldosa adyacente.

-Menudo payaso, – tercia la chica- ¿q ha estado usted, sirviendo a Paquito en África y prisionero del régimen al mismo tiempo? Ponte la camisa azul si es q aún te entra y vete a pasear el aguilucho a ver si te da el aire y coges una pulmonía, viejo cabrón.

El beodo vuelve a su copa, mostrándoles no sin cierto desdén un perfil de absoluta satisfacción mientras dibuja una casi imperceptible sonrisa sin q la chica, q lo observa aún desafiante, de espaldas, la cabeza girada y los ojos poseídos, acierte a comprender si se debe a la estúpida satisfacción q pueda causarle el haber enardecido los ánimos o si esconde una burla provocada por el chotis imposible q el ciego baila, en su vano intento por apagarlo, con el aún humeante  cigarrillo q yace en el piso.

-No me la liéis, -amenaza el camarero escoba en ristre desde la puerta de la cocina/almacén, - y acabando q cierro. 
-Va Simonet, -contesta el ciego- q no asustas a nadie con esa carita de querubín. Pon las últimas  y nos vamos. Bueno, si consigo despertar a éste-, añade, masticando el hielo q vuelve a escupir a trozos en el vaso  mientras le da un tímido puntapié a su labrador.
- Esta y prou. Y por cierto, q no sólo me debes las copas de hoy y las de ayer, q aún no me has pagado los cupones de la semana pasada. 
- ¿Q cupones? No me jodas q estaban premiaos. No, si tós los tontos tienen suerte.
- Y dos menús, - añade la Reme -está todo apuntado en la libreta.   Y éste, -señalando al beodo-  también debe lo suyo. Ni cacahuetes les fiaba yo.
- ¡Eh, q yo he pagao! Na más se debe esto: lo de ahora.

Los jóvenes abandonan el bar al tiempo q el camarero rellena los dos vasos con la misma mansa actitud del labrador q se acomoda de nuevo para reingresar en su apacible sueño. Fuera, junto a la puerta, guareciéndose de la fría y húmeda noche, ilusoriamente ocultos de miradas inquisidoras, el ciego los ve juntando billetes grandes q le dan al más alto. Luego se separan y se pierden en la oscuridad.

-Esos no van a por tate, - le susurra al beodo q, acomodando su barbilla  entre sus manos, los codos firmemente, en apariencia al menos, plantados en la barra, contempla absorto las burbujas q en su vaso quedan atrapadas en el gajo de limón.
-Esos se van a la mierda. Como nosotros. Como todos. Mierda de país. Putos políticos corruptos de los cojones. Panda de ladrones. A donde nos han llevao: a la mierda. Ni el rey se salva. ¡A la mierda!- y el beodo ingiere de un solo trago su copa, escupe al suelo el limón, golpea con el vaso vacío en la barra y se marcha, torpón y presuroso, hacia la puerta.
-¡Coño, no te vayas así!
- ¡Mañana a pagar, eh! Y si llegas a romper el vaso aquí no entras más.

Un portazo los silencia y una peineta los despide desde la calle antes de q la noche lo engulla. El camarero, tras hacerle un gesto con la cabeza a la Reme, q se despide sin saludo alguno, reemprende sus quehaceres: apaga la música, la máquina del café, la tragaperras, apila las sillas encima de las mesas, los taburetes encima de la barra, barre y finalmente friega el suelo con agua sucia.
De vuelta a sus dominios tras la barra exclama: - Mira el tontaina de tu amigo: se ha dejado aquí la chaqueta. Al final va a tener razón la niña y va a coger una pulmonía.
-Dame, yo se la devuelvo.

Y mientras el camarero le da la espalda para disponerse a hacer la caja, el ciego tantea en la chaqueta olvidada la cartera. Extrae con adquirida habilidad dos billetes de cincuenta y le dice al camarero: - Te voy a alegrar la noche, coño: cobrame lo q te debo y la última del compañero. Ya, si eso, mañana arreglamos lo de los cupones.

Atónito, el camarero cobra y cierra caja. El ciego apura su vaso, mastica el hielo, lo escupe de nuevo antes de dirigirse a la puerta. Se apagan las luces.
-¡Eh, Lupas! Te dejas el chucho. ¡Y la caña de pescar!

El ciego toma el asa del arnés de su labrador, q se incorpora perezoso, y su blanco bastón telescópico con la misma mano, calándose las gafas con la q le queda libre se dobla hacia atrás con la precisión y la agilidad de un contorsionista para pasar bajo la persiana entrecerrada a media altura y, ya desde la calle, sentencia: - La caña ya me la tomaré mañana. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Ha llegado el otoño


      Ha llegado el otoño. Quién lo diría contemplando desde mi ventana el bosque aún huérfano  de sus ocres y pajizos colores. Quién, viendo las imágenes, de un telediario cualquiera (otra vez cada cual allá con sus filiaciones),  de playas a medio aforo , heterodoxo melting pot  compuesto a partes iguales por turistas rezagados, desocupados desesperanzados sin otra obligación que pasar no ya los lunes sino toda la semana al sol (y que dure esta bonanza) y abuelitos  achacosos quejumbrosos de unas pensiones que hijos y nietos habrán de envidiar.

     Ha llegado el otoño. Y no sólo a El Corte Inglés. Me asomo al balcón a contemplar el vuelo de las últimas golondrinas, con esa inquietud (¿propia de la edad?) por saber cuándo llegará el frío. “No se lo comerán los lobos” _ hablando del frío_  solía soltar mi abuelo cuando aún no había oído yo (nosotros, todos) hablar de Cambio Climático: los casquetes, aunque  polares,  seguían siendo imaginarios, tal era la gélida indiferencia que mostraban ellas hacia los de mi sexo (V de varón, a secas,  rezaba entonces mi DNI); y los días, como éstos, eran extrañamente cálidos.

     Ha llegado el otoño. Aún no se arremolinan, para amontonarse al cabo,  las hojas caducas ni se acumula mi cabello en los desagües. Aún no peino canas, pero ya me arrugo en más de una situación.  Bodas y funerales, bautizos y divorcios, empiezan a ir a la par. Aún dicen que soy joven: le han hecho un lifting a la expresión y así, de la misma manera que crece la esperanza de vida y se surca mi frente con los recuerdos de otros otoños, menguan las mías en la vida.

     Ha llegado el otoño. Así, como el q no quiere la cosa (y no, no la quieres).  Alguien te dice entonces: “Te has engordado” o  “Te veo cambiado” o  “Deberías  empezar a cuidarte”.  Lo hace con una extraña entonación a medio camino entre la afirmación y la interrogación q recuerda a ese primer silbido del viento q presagia un cambio de estación. Pero se trata de un cambio de tren. Un tren q no espera _ni esperas_,  y al q subes apesarado y remolón, y a pesar de ello sin titubeos, vestido con tu traje gris de los domingos _pocos_  con el q aún te ves como uno de esos galanes extemporáneos de alguna película en blanco y negro cuyo final (el destino, tú destino; la película, tú película) no se intuye feliz.


     Ha llegado el otoño. El otoño, (todavía) dorado, en el firmamento del cual me reconforta  aún el vuelo caprichoso  de las últimas golondrinas q garabatean el aire como las primeras arrugas la firmeza de mi piel. Y con él  (al tiempo q vislumbro el otoñal horizonte de mi frente_ tan cerca y tan lejos_  en el reflejo de la balconera tras la q se recortan ante mí infinitos macizos montañosos), siento menguar, como lo hacen los días, los latidos de un corazón q no alberga otra emoción que la q le suscita nuestra próxima e ineludible cita con el urólogo.
    (Me) Ha llegado el otoño.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Amanece...


      Duerme la ciudad y una muchacha negra entra en el bar. Por aquí todos,  escasa y heterodoxa clientela, están bien despiertos. Se han apagado ya las encendidas soflamas (empezaron a la hora en que se iban encendiendo las luces de la ciudad) al excelso juego del Madriz. Este Ajax de ahora, cuyo difuminado olor de otros tiempos (todo está tan limpio…) _, los de nuestras abuelas, muy probablemente mejores-  aún puede encontrar la nariz experta entre esos vapores londinenses a nº1, no aguanta comparación alguna con el héroe de Salamina, hijo de Peribea y Talamón,  y  cuyo primo no se  cuenta hoy entre las filas de Soldados del otrora rey. Muy pronto encuentran pues su talón las hordas cristianas que con inequívoca fe lo toman por el misionero galateo que convirtió en paganos a los arrianos: este no es el Gran Ajax .

     Ahora nos conocemos todos, allá cada cual con sus filiaciones (no soy del Madrid como no soy de Cacique). Ajax se ha suicidado: no hay deshonra pero no es menos cierto que ha luchado, y en vano,  contra animales bien domesticados.

     No hay mujeres (la muchacha negra ni era tan negra ni tan muchacha) y se ha acabado el futbol (persiste ese aroma de conífera salubridad, tal vez sólo  fingida,  q hace q todos, sin excepción, nos volvamos a mirar hacia la puerta q sospechamos falsamente entreabierta: el bosque está ahí tan… cercano) y el deporte rey une _o por lo menos acerca_, luego:  toca hablar de estos tiempos modernos. De política y economía. Uno quiere pensar q es lo mismo, q ya todo es igual.

    Seguimos cada cual con su pelotazo ACS propio. Aún no respiramos la germanor  necesaria para asumir los costos de la ronda nocturna. Quizás es sólo q los bolsillos, los nuestros, los de todos, están limpios también.  Suena Dire Straits cuando hago, yo,  el menos indicado,  ademán de invitar a la concurrencia.  Es entonces cuando se pone de manifiesto la diferencia de clases.  Paga el gran Gatsby (otro cacique y lo q quieran los señores) haciendo amplia ostentación de su poder económico y mostrando un perfil de acuñación (más falso q un duro sevillano) q recuerda vagamente al del olvidado  Alan Ladd.

     Suave es la noche (¿otra vez tú, Francis?) en su  fugaz tránsito hacia la madrugada. Meteórico bajar de persianas (¿y a quién le importa?) mientras deambulamos entre vasos q ya no son nuestros porque no pudimos pagarlos persiguiendo el espejismo de un mundo mejor, no feliz, mejor simplemente, aquello q creíste soñar  y q en realidad fue lo que te conté mientras te hacías la dormida, todo eso q niega la luz del sol que ya despunta y que no es otra cosa que la cruda realidad  porq  ninguno de nosotros sabe cómo cocinarla para desayunar.

     Amanece que no es poco, o eso dicen. Los días que pasan, las luces del alba. Esmorzar de forquilla, se me antojan chipirones. Encebollados para más señas. Y entonces sí: cada día sale el sol…

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Crisis en el chiringuito

        Tengo algo así como un amigo que se queja de que no tiene dinero mientras pasa unos días de asueto estival en la playa. Me invita a un número ingente de cañas (debería beber en la sala de los espejos del Tibidabo para engullir a su ritmo) en un chiringuito donde hacen los peores  mojitos (nucleares no, gracias, y ya no doy más pistas) de la Costa Dorada (se me escapó) y que protesta sin descanso  por los dos euros que le cobran por cada cerveza  al tiempo que ensalza las innumerables cualidades de la Estrella, y si es mediana miel sobre hojuelas, en comparación con ese brebaje inmundo (pero helado, refrescante y embriagador) que le cobran a precio de primera línea de mar, of course, para turistas sedientos venidos a menos y que probablemente sea alguna de las “ultradelicious “  composiciones de La Zaragozana S.A.
      - Jefe, cuando pueda dos más si hace el favor.

       El tipo en cuestión ha dejado de fumar. En el tiempo que yo disfruto de dos cigarrillos light él se ha comido no menos de cinco chicles de 4 mg de nicotina. Sospecho que cambió de hábito por mor de la crisis, aunque no puedo sostener mi teoría empíricamente porque desconozco los precios de sus Nicorette. Además luce un par de parches que dice son para adelgazar aunque sostiene que el zumo de cebada (deben ser sus cereales de la mañana, su suplemento de fibra, sus Special K.O.) engorda. Raro. 

         Las cervezas van cayendo mientras nos vamos poniendo al día tras meses de no vernos. En mi caso, más de un año en el paro ya, la cosa no da para mucho. Pero aún articulo algunas palabras inteligibles. Por ejemplo: después de q el personaje me descubra todos los miserables detalles de su curro de mierda (y el de su mujer), de q me ilustre de qué manera lo/s engañaron con su hipoteca y cómo se vio obligado a solicitar unos de esos créditos con nombre de margarina holandesa (y no, no fueron los de Rabobank, q vaya usted a pedirles pasta a estos... si el nombre ya lo dice todo, pon dos cañas más, niño!), de q me detalle una por una, in crescendo, las letras q le quedan por pagar de su Fiat segunda mano, cuando me pregunta si, como él sostiene, está visiblemente más delgado (tiene más tetas q cualquiera de las q persigo con la mirada, evidentemente aburrido por su incesante letanía, y más barriga q una inseminada en espera de sixtillizos en su octavo mes de gestación) le contesto rotundamente que SÍ (¿sería lógico q en tiempos de vacas flacas este buey estuviera más gordo? me pregunto mientras derramo torpemente el áureo líquido sobre mi bronceado torso). Por supuesto está a régimen (será cosa de la economía, me digo, uno de esos q se ha desenganchado del opio del pueblo: la gente ya no acude a su confesor, ahora va al dietista, lo pagamos entre todos y a éstos aún no se les ha ocurrido pasar el cepillo, lo de los recortes es otro cantar, y el amigo tiene donde recortarse).
        Resumiendo: la vida es una mierda y, hoy, hay más mierda q nunca, es más cara pero los mojones son más pequeños.
       Pedimos las dos últimas juntando la calderilla de nuestros monederos. No alcanza, pero el Jefe nos sirve dos más: invita la casa. Jolgorio y algarabía. Luego silencio: la fiesta toca a su fin. Yo, escasamente a un trago de espuma de emprender el titubeante regreso a las toallas (para lo q ya voy haciendo acopio  mental de fuerzas, equilibrio, aplomo y dignidad), a nuestras mujeres sin duda enfadadas agotada ya toda crítica a nuestras personas, aprofito l’ avinentesa para gorrear un cigarrillo al  Jefe.
        -Tengo el otro paquete en la bolsa,- me excuso.
        - ¡La bolsa! - exclama mi Santo Bebedor.
       No he alumbrado aún la dádiva de mi escasa Fortuna (el mechero con un mágico chispazo  se escurre entre mis manos y desaparece circensemente en el aire al estremecerme su aullido) cuando, la mirada perdida sobre la hoja del periódico abierta al azar por la sección de economía,  me sorprende aterradoramente el pensamiento de q mi desgraciado y etílico acompañante (lo veo como el personaje exento de toda gracia de un cuadro de Rubens donde diera la impresión de faltar lienzo) va a hablarme del desplome de las bolsas.
     -Pon dos cañas más aquí, - le grita al mozalbete legañoso para luego susurrarme feliz: -ahora mismo vuelvo.

     Y se aleja presuroso, e inopinadamente gallardo, en busca de la cartera que dejó olvidada en su bolsa.